Alicia Giordanino 

  


udmila salió a pasear una tarde por el monte que estaba cerquita de la casa de sus abuelos.
La nena se puso a juntar algunas flores y también piedritas porque quería lievárselas de regalo a su mamá.
Después se sentó a orillas de un arroyito por donde corría un agua transparente de las sierras de Córdoba.
Ludmila se antojó de poner los píes dentro del agua para sentirse feliz porque ella como otros nenes no necesitan de grandes cosas para ser felices, más bien cosas pequeñas pero maravillosas.
Después salió del arroyo y siguió caminando.
En eso que estaba cortando unos plumeritos y pensando tres deseos, encontró entre las piedras a dos luciérnagas. Le encantó verlas tan chiquitas y luminosas porque a esa hora ya empezaba a atardecer en el monte y las luciérnagas prendían sus farolitos con mucho entusiasmo.
Se las metió en el bolsillo pensando en llevárselas la casa de sus
abuelos.
Claro que ahí los bichitos no podían respirar en libertad.
Y como algunos nenes y nenas pueden darse cuenta de las cosas, ella se dio cuenta de que algo raro pasaba en su bolsillo.
Algo le molestaba.
Necesitaba aire.
Con tanta naturaleza y estaba asfixiada.
Lo que pasa es que ella podía sentir lo mismo que las luciérnagas. Esto sucede cuando uno se hace muy amigo de alguien: siente igual al otro.
Asi fue que con mucha pena de dejarlas, las sacó del bolsillito de su pantalón de jean.
Los animalitos respiraron aliviados.
Y Ludmila también.
Las dejó entre aquellas piedritas tan brillantes como su alma. Prometió volver.
Las luciérnagas prendían y apagaban sus farolitos con toda alegría dando gracias al corazón de luz de Ludmila.

 

Alicia Giordanino 

  
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