Mirta Itchart

  


En mi barrio hay una nena que tiene los ojos como dos abrojitos, la boca es una manzana recién dibujada y el pelo un ramo de girasoles que giran y giran. 
Esta niña vive bajo un paraguas a de lunares donde están guardados todos los chiches que le trajo papá Noel.
Una tarde - y acá empieza el cuento- después de haberle lavado las manos y la cara, la mamá le puso el vestido celeste celeste, como el cielo cuando no llueve, tan lindo que parecía un campo lleno de flores de lino. Al brocharle los botones la mamá se dio cuenta de que al vestido le faltaba un ojal.
- Uno, dos, tres botones. Uno, dos ojales... ¡ No puede ser! - gritó la mamá. Se puso a contar con los dedos:
- Uno, dos, tres. Uno, dos.
- Contó con semillitas:
- Uno, dos, tres. Uno, dos.
Muy, pero muy enojada le dijo a la nena:
- ¡ Paula, se te perdió un ojal!
Paula abrió bien grandes los ojos y dijo: 
- Yo no fui.
El Quinyi, que era el perro de la casa y ladrón de pan con dulce de leche también dijo:
- Yo no fui. ¿ Para qué quiero yo un ojal?
La mamá salió desesperada a la calle. Le preguntó a los vecinos, fue hasta la casa de Memi mirando el piso por si el ojal estaba caído en la vereda. Paula iba detrás llorando .( La boca ya no era una manzana recién dibujada, sino que ahora parecía, con toda la tristeza junta, un pimpollo de clavel.
El Quinyi corría por la vereda, ladrando:
- Yo no fui. ! ¡Claro que yo no fui! ¿ Para qué quiero yo un ojal del vestido celeste celeste, como flores de lino?
- Señor: ¿ No vio usted un ojal para este botoncito?
- Señorita: Disculpe ¿ No encontró usted un ojal para este botón del vestido de Paula?
- Mauro, estoy buscando un ojal que se le perdió al vestido celeste celeste de Paula ¿ no lo viste?
- Pichicho: ¿ No encontraste un ojal así de chiquito que se le perdió a esa nena que va ahí corriendo?
Memi, que en ese momento tejía una bufanda larga larga, con rayas coloradas, azules y verdes, se asustó mucho cuando vio entrar a la mamá de Paula, a Paula y al Quinyi.
- ¿Qué les pasa? ?¿ Por qué mi nieta tiene lágrimas?
Apresuradamente, le contaron el cuento que les estoy contando, el del ojal del vestido celeste celeste.
Empezaron a buscar dentro de la casa de Memi. Primero revolvieron las lanas azules, coloradas y verdes del tejido, buscaron luego detrás del sillón, abajo de las cacerolas, adentro de la cama. Pero allí no estaba el ojal.
Desalentadas, cuando ya casi era de noche y empezaba a lloviznar, volvieron a la casa de Paula, pisando las hojas amarillas. El perro corría adelante, a todo lo que daba, porque le tenía miedo a la lluvia. Llevaba enganchada en la oreja una hilacha de lana verde de la bufanda que estaba tejiendo Memi. En la patita tenía otra lana colorada. Se enredaba mientras corría a todo galope. Repetía: 
- Yo no fui. ¿Para qué quiero yo un ojal del vestido celeste celeste, como las flores de lino?
El paraguas de lunares, donde vivía Paula, fue dado vuelta para arriba y para abajo; lo cerraron, lo abrieron, lo sacudieron, le pasaron el plumero. Pero allí no encontraron el ojal. 
Cuando llegó la noche estaban todos tan cansados que se fueron a acostar sin comer. La nena trataba de cerrar bien los ojos, pero estos se volvían a abrir. Hasta que se cansó y los dejó bien abiertos, como habían quedado las persianas de las habitaciones cuando ellas se fueron a buscar el ojal por toda la ciudad. Paula pensó que habría que cerrarlas pero no tenía ganas de levantarse.
Estaba en la cama tratando de dormir. Con los ojos renegados que no se querían cerrar miraba el techo que era a lunares. Y de pronto se dio cuenta de que por uno de los lunares del su paraguas entraba la luz de la lámpara del pasillo, como un rayo finito de sol.
Paula le preguntó al perro que dormía en la alfombra:
- Quinyi: ¿ qué ves ahí?
El Quinyi movió las orejas y se acercó a la nueva ventana del paraguas, la miró, la olfateó, levantó la cola con preocupación y dio un salto.
- Paula - dijo con seriedad - esto no es una ventana ,¿ sabés qué es? Es el ojal del vestido celeste celeste ,que tanto buscamos esta tarde por todos lados.
Contenta a más no poder, la nena con la boca como una manzana recién dibujada corrió al cuarto de su mamá. La mamá la miró con los ojos entreabiertos, porque no se quería despertar, ya que estaba soñando con el mar y tenía las pestañas llenas de olitas. A desgano sacó un pie de la cama, luego el otro, se puso las pantuflas y fue con Paula hasta el dormitorio. Se asomó con precaución y luego se metió en la casa de Paula, que era un paraguas de lunares y vio que sí, que había una nueva ventana; que no era una ventana sino que era el ojal del vestido celeste celeste, como un campo lleno de flores de lino.
Se tomaron de las manos y saltaron alrededor del ojal recién encontrado y le dieron la bienvenida. Pero, acá no termina el cuento, porque la mamá de Paula se puso seria, completamente seria y con las manos en la cintura, como una madre enojada, dijo con mucha ceremonia:
- Ahora tenemos el ojal, pero ¿ dónde quedó el lunar que le falta al paraguas de Paula?
El Quinyi, que se estaba rascando haciéndose el distraído dijo automáticamente:
- Yo no fui. ¿ Para qué quiero yo un lunar del paraguas?
-Yo no fui - dijo Paula y se le empezaron a cerrar los ojos, en tanto la mamá se preguntaba de nuevo dónde estaba ahora el lunar del paraguas. Mientras hacía esto, bajaba las persianas que había dejado abiertas a la tarde y se acordaba del sueño con el mar.
- Mañana saldremos a buscarlo - dijo mientras se metía en la cama. 
Al día siguiente, se levantaron rápido y empezaron a buscar el lunar del paraguas de Paula por toda la casa, salieron a la vereda, fueron a lo de Memi y ... Esta es otra historia. 

 

Mirta Itchart

  
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