Inés Williams

  


inco patitos tuvo la pata. Cinco patitos muy cerca del agua. Y a todos los cinco doña Rosa les prepara un plato lleno con pan mojado en leche. Doña Pata les busca lombrices y les trae pescados del río. 
Blancos con plumas amarillas, todos muy bonitos, pero hay uno, que camina de una manera tan graciosa que parece un payaso y hace reír a la gente. 
Cuando los chicos entran al almacén de doña Rosa a comprar caramelos, el pato se acerca a curiosear. Se pasea orondo y lirondo. Los nenes juegan con él, le dicen Payasín y lo quieren llevar a sus casas. Doña Pata muy preocupada, trata de apartarlo. Le da piquitos y le dice: "patuchi, Payasín, salí de acá". Lo esconde debajo del ala. La pata espera que sus hijos crezcan para llevarlos al agua y alejarlos de la gente que viene al almacén. 
Ni bien se pusieron fuertes, los juntó en el muelle. Primero les enseñó a bajar los escalones. Los patitos se divirtieron dando saltos de aquí para allá, hasta que llegó el gran momento de tirarse al agua. Pero antes que se zambulleran, la pata les dijo que: "hay dos grandes peligros para los patos en el agua: uno son los anzuelos de las cañas que usan los pescadores para pescar y el otro gran peligro, son los peces grandes y dientudos, como las tarariras que de pronto se aparecen y muerden". 
Los patitos abrieron los ojos, dijeron cua cuá y prometieron hacer caso. Pero en cuanto tocaron el agua se olvidaron de todo, movían las alas haciendo olas, salpicando y jugando. Payasín se distrajo con las sombras de una mariposa, la siguió nadando hasta un lugar que parecía una pileta. 
Miró para abajo y vio reflejado a un patito igual a él y a sus hermanos. Se quedó quieto. Hundió el pico para besarlo, pero el patito se fue. Se quedó esperando por si acaso volvía. No movía ni una pluma para no asustarlo. Hasta que sintió un golpe en su pico. Pensó que era su amigo que venía a jugar, pero quiso levantar la cabeza y ¡qué susto! A su alrededor iba y venía un enorme pez con dientes filosos. "¡Cuac cuac, ay! ¡Mamá! Vení!" -, gritó Payasin. 
Mientras tanto, la mamá pata andaba buscándolo por todas partes. De pronto, vio que por el río se asomaba una cola de pato y unas alas que se movían, sacudiendo el agua con fuerza. 
La pata no dudó, tomó aire y se zambulló. Nadó desesperadamente, hasta que vio las aletas de un pez que atacaba al patito. Se prendió de la cola, tironeó y tironeó, hasta que la tararira, grandota y dientuda, soltó a su hijo. La pata furiosa, lo persiguió dándole picotazos en el lomo hasta que desapareció. 
Cuando sacó la cabeza de abajo del agua, vio que a su querido patuchi le faltaba un pedacito de pico. Con un ala le secó las gotas de lágrimas y las gotas de agua de río que como estaban mezcladas, no dejaban ver bien. 
Doña Rosa, ni bien escuchó todo el cuaquerío de los patos, salió corriendo para ayudarlos. Los hizo subir al muelle y trajo un algodón con desinfectante para curar al pobre pato sin trompita. Como se portó tan pero tan bien, de premio le dio un pan mojado en leche y miel. La pata y sus hijitos asustados se quedaron en el patio de la casa, lejos del río.
Ahora, Payasín, que antes se paseaba orondo y lirondo, cada vez que entra un chico al almacén, busca a su mamá para esconderse debajo del ala. No quiere que lo vean lastimado. Pero en vez de payasín, lo llaman el Pato Silbador, porque cuando quiere decir cua cuá, le sale un silbido de costado, muy parecido a un cui cui cui.

 

Inés Williams

  
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